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Caño Cristales con los Tíos: Un Viaje que comenzó casi veinte Años antes

hace 3 horas
9 min de lectura

Hay viajes que empiezan mucho antes de hacer una maleta o comprar un tiquete de avión. El mío a Caño Cristales comenzó cuando todavía era casi un niño.


En el colegio tuve la fortuna de tener como maestro a Andrés Hurtado García. Quienes estudiamos con él recordamos seguramente sus caminatas, sus historias y aquellas largas presentaciones de diapositivas en las que nos mostraba una Colombia que para muchos de nosotros parecía remota. Andrés no solo las hacía para los estudiantes. Durante años reunió también a padres de familia, caminantes y amantes de la naturaleza para proyectar las imágenes de sus expediciones por el país. Hay registros, por ejemplo, de aquellas “diapositivas ecológicas” que todavía presentaba en el Colegio Champagnat a mediados de los años noventa. El Tiempo


Entre páramos, selvas, ríos y montañas aparecía ocasionalmente un lugar que se quedó especialmente grabado en mi memoria: un pequeño río de aguas transparentes que parecía pintado de rojo, rosado, verde y amarillo: Caño Cristales.


En aquellos años llegar hasta allí no era sencillo.


Yo crecí en Bogotá entre finales de los ochenta y los noventa y recuerdo esa época con una extraña sensación de encierro. Vivíamos en un país inmensamente diverso, pero enormes porciones de ese territorio parecían estar detrás de una frontera invisible. El conflicto armado hacía que viajar por muchas regiones fuera difícil o directamente impensable para una familia común.


La Sierra de La Macarena era una de ellas. Desde finales de los años setenta, la bonanza de la coca y el fortalecimiento de las FARC habían convertido la región en uno de los territorios donde la guerrilla tenía mayor presencia. Durante los años noventa se sumó el avance del paramilitarismo y, entre 1998 y 2002, La Macarena llegó incluso a formar parte de la denominada zona de distensión durante las negociaciones entre el Gobierno colombiano y las FARC.


Mientras nosotros permanecíamos en las ciudades, sin embargo, personas como Andrés seguían saliendo. Caminaban. Exploraban. Se internaban en regiones de las que el resto del país escuchaba hablar principalmente en los noticieros. Conversaban con campesinos, cruzaban ríos, fotografiaban montañas y después regresaban para mostrarnos que detrás del conflicto existía otra Colombia. Era no solo una manera de inspirar, sino también de educar. Era tan importante aprobar matemáticas o español, como asisitir a las cuatro salidas sabatinas de senderismo anuales por grado, donde a pesar de varios padres escepticos incluido el mío, saliamos a explorar los alrededores de Bogotá.


Andrés ya recorría La Macarena en aquellos años. En una crónica publicada en 1994 relataba una de sus expediciones por la serranía y mencionaba de pasada algo que para mí entonces sonaba extraordinario: haber pasado por Caño Cristales y haberse bañado “en los cinco colores del Caño”. El Tiempo


Yo veía esas imágenes y pensaba que algún día tenía que conocerlo. Ese “algún día” tardó casi veinte años en llegar.


Caño Cristales con los tíos

Cuando finalmente pude organizar el viaje, el plan inicial era bastante sencillo: quería llevar a mi papá. Pero contamos la idea al resto de mi familia. Una de mis tías quiso venir. Después otra. Y finalmente se sumó también un amigo de una de ellas.



De repente me encontré convertido en una especie de líder de expedición de cuatro viajeros mayores de sesenta años rumbo a uno de aquellos lugares que yo había imaginado durante buena parte de mi vida. Debo admitir que estaba un poco preocupado y pensé que aquello podría haber sido un poco imprudente.


No sabía exactamente qué tan exigente sería el viaje. Había humedad, calor, caminatas, trayectos en lancha, trochas y selva. Ellos eran mucho más urbanos que aventureros y yo no quería que aquel sueño mío terminara convertido para ellos en una prueba de supervivencia. Pero ya estábamos embarcados.


El vuelo desde Bogotá hasta La Macarena dura menos de una hora, pero geográficamente la distancia parece mucho mayor.


Desde la ventana del avión los Andes comienzan a desaparecer y poco a poco aparece una inmensa alfombra verde atravesada por ríos que serpentean entre la vegetación. Recuerdo perfectamente aquellas curvas marrones vistas desde el aire, abriéndose paso entre el bosque.


Lo interesante es que la Sierra de La Macarena, aunque se encuentra muy cerca de los Andes, pertenece a una historia geológica diferente. Allí aflora uno de los extremos occidentales del antiquísimo Escudo Guayanés, y alrededor de la serranía convergen influencias de la Amazonía, la Orinoquía y la región Andina. Esa posición explica en buena medida la extraordinaria mezcla de selvas húmedas, bosques inundables, matorrales y sabanas que se encuentra en el parque. La importancia científica del lugar fue reconocida muy temprano: la Reserva Biológica de La Macarena se creó en 1948 y el actual Parque Nacional Natural Sierra de La Macarena fue declarado en 1989.


Y también explica algo que comprenderíamos mejor durante los siguientes días: aquí los paisajes cambian muy rápido: uno puede estar navegando entre paredes de selva y, poco después, encontrarse caminando por una sabana abierta.


La Macarena

Aterrizar en La Macarena era entrar en otro ritmo.



Era entonces un pueblo pequeño y sencillo, negocios básicos, motos, caballos y alojamientos bastante parecidos entre sí. Las habitaciones tenían lo necesario: una cama, baño privado y, con suerte, aire acondicionado para aliviar el calor – supongo que no habrá cambiado mucho desde entonces.



La gastronomía que recuerdo tampoco tenía demasiado que ver con aquella imagen exótica de la Amazonía que uno podía llevar en la cabeza. Era más bien una cocina campesina y colona, con una fuerte influencia llanera: carne, pescado de río —como la cachama—, yuca, plátano y preparaciones sencillas, ricas y abundantes.


La historia reciente de La Macarena ha estado precisamente muy ligada a esas comunidades de colonos que fueron llegando a la región a lo largo del siglo XX. Pero la presencia humana aquí es muchísimo más antigua. En las cuencas de los ríos Duda y Guayabero existen pictogramas y petroglifos que dan cuenta de pueblos indígenas que habitaron este territorio mucho antes de aquellas colonizaciones modernas.  


Y en medio de aquel pequeño pueblo se plantaba una gran base militar cercana al aeropuerto, que recordaba inmediatamente dónde estábamos y qué había sucedido allí apenas unos años antes.


Recuerdo mucho que durante uno de nuestros recorridos conocimos a un soldado joven, completamente equipado, con uniforme, casco y fusil, pero junto a él había algo inesperado: una embarcación militar que había construido y tallado cuidadosamente en madera.

 

Convergía en esa imagen la realidad de la guerra con las manos de un muchacho talentoso capaces de crear pacientemente algo bello.


Pensé entonces —como tantas veces me ha ocurrido viajando por Colombia— en cuánto talento hemos gastado durante décadas enfrentándonos unos con otros, y en todo lo que ese mismo talento podría construir en circunstancias diferentes.



Finalmente, Caño Cristales

Para llegar a Caño Cristales primero navegamos por el río Guayabero.


La lancha avanzaba entre el agua color café y las orillas cubiertas de vegetación. A veces llovía. A veces aparecía una casa campesina junto al río. Después venía un trayecto por tierra y finalmente comenzábamos a caminar.


 

Durante mucho tiempo Caño Cristales fue descrito simplemente como “el río de los cinco colores”, pero esa definición se queda corta cuando uno finalmente está allí.


El agua es extraordinariamente transparente y corre sobre un lecho de rocas antiquísimas que ha sido moldeado durante miles de años formando canales, cascadas y pozos perfectamente redondeados. Sobre esas rocas crece la planta acuática que tradicionalmente se conoce como Macarenia —identificada actualmente por Parques Nacionales como Rhyncholacis clavigera—, responsable de buena parte de los colores rojizos y rosados del río.


Dependiendo del agua, la luz y el momento de la temporada, los colores cambian: a veces el río parece rojo. En otras partes se mezcla con verdes, amarillos, negros y azules producidos por las plantas, las rocas, el reflejo del cielo y la propia transparencia del agua.



Lo mejor fue poder sumergirse en ese caleidoscopio, pues en determinados pozos y sectores autorizados podíamos entrar al agua. Y entonces sucedía algo todavía más extraño: dejabas de mirar el paisaje para entrar literalmente dentro de él.


Recuerdo estar metido en uno de aquellos pozos naturales, rodeado por la roca, mientras pequeños peces nadaban cerca y las plantas rojizas se movían bajo la corriente. Era como estar dentro de un enorme jacuzzi natural multicolor.



Por supuesto, precisamente por tratarse de un ecosistema tan delicado, existen reglas estrictas. No se deben usar bloqueadores solares, repelentes, cremas ni otros productos químicos antes de entrar en determinados sectores, porque pueden afectar la vegetación acuática.  


Por fortuna, mis temores respecto a aquella pequeña expedición familiar habían sido un poco exagerados. Caminábamos, sudábamos, subíamos sobre las rocas y nos mojábamos, pero el viaje podía hacerse perfectamente a un ritmo tranquilo. No hacía falta ser un gran expedicionario. Mi papá, mis tías y el amigo estaban disfrutando.

 

Otra vida alrededor del río

Caño Cristales era obviamente el motivo del viaje, pero algunos de los recuerdos que más conservo no ocurrieron allí.


Recuerdo navegar sin prisa por el Guayabero observando las orillas. Recuerdo las casas campesinas. Los jardines cuidados con enorme cariño en medio de la humedad. Las gallinas. Las pequeñas parcelas. Un tinto ofrecido amablemente durante alguna parada.


 

Siempre me ha llamado la atención encontrar esa vida campesina en lugares que, desde las ciudades, tendemos a imaginar únicamente como “selva”.


En los rincones más apartados de Colombia hay personas que han construido hogares, rutinas y comunidades en condiciones que para quienes crecimos en las ciudades podrían parecer muy difíciles. A veces existen enormes carencias de infraestructura o servicios y, simultáneamente, una abundancia casi desconcertante de agua, frutas, plantas, animales y paisaje.


Y entonces están esas pequeñas escenas familiares que terminan sobreviviendo mejor en la memoria que cualquier explicación geológica, como mi papá jugando con un mono.



El momento resume bastante bien el espíritu del viaje: mi preocupación inicial por llevar a un grupo de mayores de sesenta años a la selva terminó transformándose en una colección de momentos divertidos que todavía hoy recordamos.


También descubrimos otra cara del paisaje, pues La Macarena no es únicamente selva. Hay extensiones abiertas de sabana, cielos enormes y horizontes en los que la luz parece extenderse indefinidamente. Puedes hacer el famoso plan de contemplar el amanecer o el atardecer que tiene tanta incidencia y fama en la cultura llanera.


 

En esos momentos resulta difícil no pensar en la extraordinaria suerte geográfica que tiene Colombia… y también en sus contradicciones.


Una vez más, las diapositivas se convirtieron en paisaje

Habían pasado casi veinte años desde aquellas presentaciones en el colegio y durante todo ese tiempo Caño Cristales había existido para mí como una colección de imágenes: las diapositivas de Andrés, fotografías en libros y revistas y, más adelante, las imágenes que comenzaron a circular por internet.


Y ahora estaba allí, intercambiando mentalmente las diapositivas por paisajes y dándole mi propia voz a esas narraciones que por tanto tiempo había escuchado.


Comprendí entonces un poco mejor aquella fascinación que el maestro intentaba transmitirnos. No se trataba solamente de mostrarnos sitios bonitos, nos estaba enseñando que existía un país enorme detrás del pequeño pedazo de Colombia que conocíamos.


Finalmente había llegado a uno de esos lugares que, durante buena parte de mi infancia, pensé que probablemente nunca podría conocer, además   acompañado de mi papá y de mis tías. Caño Cristales dejó entonces de ser únicamente un destino que había soñado conocer y se convirtió también en parte de nuestra memoria familiar.


La Macarena, algunos años después

Han pasado ya varios años desde aquel viaje y La Macarena también ha cambiado.


El destino ha desarrollado una oferta turística más diversa y confortable sin abandonar, al menos como principio de manejo, la idea de un ecoturismo regulado. Hoy Parques Nacionales exige verificar disponibilidad y capacidad de carga antes de visitar determinados escenarios y continúa insistiendo en la necesidad de utilizar únicamente rutas y sitios autorizados. La preocupación existe precisamente porque el turismo no regulado puede poner en riesgo ecosistemas particularmente frágiles.  


También han aparecido propuestas de alojamiento que difícilmente existían cuando hicimos nuestro viaje.


Un buen ejemplo es La Manigua Lodge, ubicado junto al río Guayabero, aproximadamente a treinta minutos en lancha de La Macarena. Su propuesta combina habitaciones inmersas en el bosque con mayor nivel de confort, excursiones privadas, observación de fauna y experiencias relacionadas con las comunidades de la región. Es una forma bastante diferente de aproximarse hoy al destino: más cómoda y sofisticada, pero procurando que la naturaleza continúe siendo la protagonista.


Caño Cristales difícilmente podría soportar un modelo de grandes desarrollos y turismo masivo. Su enorme atractivo depende precisamente de que siga siendo un ecosistema frágil, regulado y extraordinario.


Me alegra que la evolución turística de La Macarena haya tomado, en buena medida, ese camino, y por supuesto, ¡me dan muchísimas ganas de regresar!


Seguramente encontraré una Macarena distinta a aquella de las calles sencillas, los hoteles básicos y las largas jornadas navegando el Guayabero que quedó guardada en mis fotografías.


Pero espero que, cuando vuelva a acercarme al río, el agua siga siendo transparente, que los pequeños peces sigan moviéndose entre las rocas y que aquellas plantas rojas continúen agitándose bajo la corriente como en las diapositivas que vi cuando era niño.



¿Te gustaría descubrir Caño Cristales por ti mismo? Escríbenos y te ayudamos a planear tu viaje a este lugar único de Colombia.



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